Por: Diana García, Subdirectora de Abogacía; Blanca Rodríguez, Subdirectora de Abogacía; y DonYeta Villavaso-Madden, Estratega de Equidad y Antirracismo.
“El liderazgo de las mujeres no es la ausencia de miedo, sino lo que decidimos construir al enfrentarnos al miedo, llevando con nosotras lo que hemos superado, manteniendo la esperanza, inspirando a los demás y sanándonos a nosotras mismas”. – DonYeta Villavaso-Madden
El mes de marzo nos invita a celebrar el Mes de la Historia de la Mujer, un momento para honrar el esplendor, la resiliencia y las contribuciones de las mujeres cuyo trabajo, liderazgo y visión han dado forma a movimientos, comunidades y futuros. También es un momento para reflexionar más profundamente sobre cómo se recuerdan esas contribuciones, en quién se centra el liderazgo y qué historias se destacan o se dejan de contar.
Honrar a las mujeres requiere algo más que reconocimiento. Requiere la voluntad de decir la verdad, no solo sobre el impacto y los logros, sino también sobre las condiciones en las que las mujeres han liderado, el daño que han sufrido y los sistemas que han dado forma a ambas cosas.
LA VERDAD QUE GUARDAN LAS MUJERES
En todos los movimientos surge un patrón constante: los sistemas suelen proteger el legado por encima de las personas. Cuando se produce un daño —sobre todo si involucra a personas con poder— las instituciones y las comunidades tienden a minimizarlo, retrasar su resolución o desviar la atención de manera que se proteja la reputación en lugar de abordar las consecuencias. Al hacerlo, trasladan la carga del silencio a quienes han sufrido el daño, que suelen ser mujeres, a menudo jóvenes y, con frecuencia, sin poder ni protección. La carga es aún mayor para las mujeres de color, en particular las mujeres negras, indígenas y latinas. Somos testigos de la desigualdad cuando las mujeres desaparecen y no reciben la atención mediática que merecen.
Este patrón no es accidental; es estructural. En una sociedad patriarcal, el poder está distribuido de forma desigual, y ese desequilibrio conlleva consecuencias previsibles. Las mujeres que sufren daños a manos de hombres poderosos se ven a menudo en situaciones imposibles. Alzar la voz puede significar poner en riesgo su seguridad, su sustento, su credibilidad y su sentido de pertenencia —a veces dentro de los mismos movimientos o instituciones que ellas mismas ayudaron a construir. Permanecer en silencio, sin embargo, implica soportar el peso del daño en la soledad y, en ocasiones, ser testigo de cómo ese daño continúa sin que se intervenga.
Estas dinámicas no son nuevas. Se repiten a lo largo de la historia, incluso en períodos como la esclavitud, en los que las mujeres —en particular las mujeres negras— carecían de protección legal frente a la violencia sexual y no tenían ningún recurso para exigir que se rindieran cuentas. La falta de protección no fue un fallo del sistema; era una característica del mismo.
Hoy en día, aunque las leyes y las políticas han evolucionado, muchas de estas dinámicas persisten. El costo del silencio sigue traduciéndose en aislamiento profesional, menos oportunidades, credibilidad dañada y pérdida de seguridad y de fuentes de ingresos. Estos efectos son especialmente pronunciados en sectores como la agricultura, donde la precariedad económica, el aislamiento geográfico y la situación migratoria intensifican la vulnerabilidad y limitan el acceso a la protección.
Si estamos dispuestos a decir la verdad sobre el daño, también debemos estar dispuestos a decir la verdad sobre el liderazgo.
VOLVER A CENTRAR EL MOVIMIENTO
Para comprender plenamente el movimiento de los trabajadores agrícolas, debemos empezar por situar en el centro a las mujeres que ayudaron a construirlo, sostenerlo y liderarlo, no como figuras secundarias, sino como arquitectas centrales.
Dolores Huerta cofundó la Unión de Campesinos (United Farm Workers) y desempeñó un papel destacado como estratega, negociadora y fuerza política dentro del movimiento. Su liderazgo dio forma a la estrategia de organización, garantizó logros tangibles para los trabajadores y ayudó a definir la dirección del propio movimiento. También fue coautora de la frase “Sí, se puede” —una declaración de poder colectivo que sigue resonando en los movimientos de hoy en día.
En el estado de Washington, Rosalinda Guillén ha llevado adelante este legado a través de su liderazgo para garantizar los derechos de negociación colectiva de los trabajadores agrícolas y promover los esfuerzos de organización mediante Familias Unidas por la Justicia. Su labor refleja la naturaleza continua de este movimiento y la dependencia constante del liderazgo de las mujeres para sostenerlo.
Y, sin embargo, a pesar de la importancia central de sus contribuciones, los nombres de Huerta, Guillén y muchas otras suelen quedar relegados a un segundo plano en narrativas que favorecen a figuras masculinas de liderazgo singulares. Esto no es casual: refleja un patrón más amplio en la forma en que se construye, se reconoce y se recuerda el liderazgo.
Si queremos contar una historia más completa, debemos reconocer que las mujeres siempre han sido fundamentales en estos movimientos, no solo como líderes, sino también porque a menudo asumen tanto el trabajo como el peso de lo que queda sin decir.
EN TODOS LOS MOVIMIENTOS, EL PATRÓN SE REPITE
Este patrón se extiende mucho más allá del movimiento de los trabajadores agrícolas. A lo largo de generaciones y causas, las mujeres han moldeado el cambio social de formas fundamentales —y con frecuencia poco reconocidas.
Desde Angela Davis hasta Fannie Lou Hamer, Ella Baker, Lilly Ledbetter, Ai-jen Poo y Tarana Burke, podemos ver una línea constante: las mujeres construyen movimientos, los sostienen y desarrollan los marcos que les permiten crecer; sin embargo, el reconocimiento suele seguir líneas de poder diferentes.
Angela Davis promovió un análisis global que conecta la justicia racial, los sistemas económicos y el encarcelamiento, lo que ha cambiado la forma en que los movimientos entienden la desigualdad estructural.
Fannie Lou Hamer organizó el registro de votantes negros en condiciones de violencia extrema y cofundó el Partido Democrático por la Libertad de Misisipi para desafiar la exclusión sistémica a nivel nacional.
Ella Baker defendió la organización de base y descentralizada, y fue mentora de toda una generación de líderes, dando forma a la filosofía que sustentaba el movimiento Comité Coordinador Estudiantil No Violento {Student Nonviolent Coordinating Committee} e influyendo en modelos de organización que perduran hasta hoy.
Lilly Ledbetter transformó el debate nacional sobre la igualdad salarial, dando lugar a una ley histórica que amplió la capacidad de las trabajadoras para denunciar la discriminación salarial.
Ai-jen Poo creó un movimiento nacional para defender a los trabajadores del hogar—una de las fuerzas laborales más marginadas a lo largo de la historia—y consiguió cambios en las políticas y una mayor visibilidad para ese sector.
Tarana Burke fundó el movimiento “Me Too” para apoyar a las víctimas de violencia sexual, sobre todo a las niñas y mujeres negras, años antes de que se hiciera popular, lo que cambió radicalmente la forma en que la sociedad entiende y responde ante este tipo de daños.
Estos ejemplos no son casos aislados. Reflejan una tendencia más general en la que el liderazgo de las mujeres es esencial para la construcción de movimientos, pero a menudo queda relegado a un segundo plano en el recuerdo de dichos movimientos.
Esta tendencia se hace aún más evidente cuando pensamos en las experiencias de las trabajadoras agrícolas cuyos nombres quizá nunca lleguemos a conocer. Las investigaciones han demostrado una y otra vez que el acoso está muy extendido en el sector agrícola, donde el miedo a las represalias y la falta de protección hacen que denunciar sea peligroso. Para muchas trabajadoras agrícolas —sobre todo las trabajadoras inmigrantes e indocumentadas— esta vulnerabilidad se ve agravada por la precariedad económica, las barreras lingüísticas y el acceso limitado a las protecciones legales.
Estas condiciones no solo generan riesgos, sino que promueven el silencio. Cuando alzar la voz pone en peligro no solo el empleo, sino también la seguridad, la estabilidad y la posibilidad de permanecer en el país, el silencio se convierte en una forma de supervivencia más que en otra opción.
Para los trabajadores inmigrantes e indocumentados, estos riesgos se ven agravados por las barreras lingüísticas, el miedo a la deportación y el acceso limitado a los recursos legales. Que sean invisibles no es una casualidad; es un reflejo de unos sistemas que dependen de su trabajo, pero que no garantizan su seguridad ni su reconocimiento.
CONCILIAR EL LEGADO Y EL DAÑO
En febrero, me reuní con unos colegas para esbozar un artículo en el que se reconocía a César Chávez y sus contribuciones al avance de los derechos de los trabajadores agrícolas. Teníamos claro que ningún movimiento se construye en solitario.
A medida que se desarrollaba el artículo, surgió nueva información sobre Chávez. Las investigaciones de Associated Press y el New York Times sacaron a la luz graves acusaciones de que Chávez abusó de mujeres y niñas durante años, incluyendo coacción y violencia, en una cultura en la que las mujeres se sentían incapaces de hablar.
Esta información no borra su contribución, pero sí exige un ajuste de cuentas. Nos desafía a enfrentarnos a una pregunta más profunda: ¿cómo podemos tener en cuenta tanto el impacto como el daño al mismo tiempo?
Hay una tendencia a simplificar las cosas: a elegir entre honrar el legado o reconocer el daño causado. Pero la justicia exige algo más difícil. Nos exige aceptar la complejidad sin caer en la justificación.
La brillantez no justifica el daño. Y el daño no desaparece porque alguien haya hecho un buen trabajo.
PATRÓNES Y REFLEXIÓN ORGANIZATIVA
A lo largo de estas historias, surge un patrón constante: las mujeres hacen el trabajo, los sistemas absorben el impacto y el reconocimiento suele desviarse hacia otros. Cuando se produce un daño, ese patrón se acentúa: se mantiene el silencio y quienes más se ven afectadas son las que cargan con las consecuencias.
Estas dinámicas no se limitan a la historia. Aparecen en la vida cotidiana de las organizaciones: quiénes son escuchados, a quién se le reconocen las ideas, en qué liderazgo se deposita confianza y sobre quién se coloca el peso de sostener la situación.
Cuando no se analizan, las normas dominantes —arraigadas en estructuras blancas, masculinas y patriarcales— suelen replicarse como el estándar por defecto para definir el liderazgo y la profesionalidad. Como resultado, las mujeres de color pueden verse sometidas a estas mismas dinámicas no solo por parte de los hombres, sino también en sus interacciones con otras mujeres, especialmente cuando esas normas se interiorizan y se refuerzan como “la forma habitual de hacer las cosas”.
Para las organizaciones comprometidas con la justicia, incluidas las de asistencia jurídica como CLS, esto no es algo abstracto. Es un llamamiento para examinar cómo opera el poder dentro de nuestros propios sistemas.
Si tomamos en serio la equidad, debemos asegurarnos de que nuestras prácticas la reflejen, creando entornos en los que las mujeres sean escuchadas, creídas, protegidas y reconocidas en tiempo real.
CONCLUSIÓN
El Mes de la Historia de la Mujer nos invita a destacar el esplendor de las mujeres, a confrontar las condiciones que silencian sus voces y a impedir que se les imponga la carga de llevar su dolor en soledad.
La rendición de cuentas no tiene que ver con el castigo. Tiene que ver con la verdad.
Durante generaciones, las mujeres no han tenido la posibilidad de expresar su verdad de manera que condujera a medidas correctivas, ya sea en las relaciones, en los lugares de trabajo o en los espacios comunitarios moldeados por normas patriarcales.
Y, sin embargo, las mujeres siguen cuidando, liderando y dando forma al mundo —y a la próxima generación de líderes— a menudo mientras cargan con lo que no se ha dicho.
Se trata de reconocer que el liderazgo de las mujeres siempre ha sido fundamental en los movimientos —no solo por lo que construyen, sino también por lo que soportan. Y se trata de garantizar que dejemos de pedirles que carguen en silencio tanto con el trabajo como con el daño.
Porque la justicia, en su expresión más completa, no trata únicamente de lo que edificamos, sino de a quiénes estamos dispuestos a reconocer, escuchar y proteger con equidad a lo largo del camino.
Recent Comments